En el virreinato se descubren las minas de azogue de Santa Bárbara y su destino cambia radicalmente, convirtiéndose en uno de los más famosos centros mineros de su tiempo. Tal fue su apogeo que el virrey Teodoro la Croix calificó a sus minas como la "maravilla más grande del mundo". Sin embargo, su esplendor se fue apagando hacia el siglo XVIII cuando se produjeron derrumbes en dicho yacimiento y los trabajos se fueron paralizando debido a las difíciles condiciones de producción.
La pérdida del esplendor económico y social no fue obstáculo para que sus hijos abrazaran fervorosamente la causa de la libertad. Con gesto viril y decidido se levantaron en armas contra las autoridades españolas, apoyando la revolución de Pumacahua.